BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

Él era un hombre que dejó que su vida lo fuera moldeando como tal.

Nació en Sevilla, en 1474. A partir de la llegada de Colón al “Nuevo Mundo”, esta ciudad y su puerto pasaron a ser un lugar muy importante para los mercaderes, que estaban cada vez más esperanzados con el enriquecimiento que provendría del comercio con el continente americano.

Pedro de Las Casas, su padre, fue uno de estos hombres que llegó a viajar en la segunda expedición de Colón. Así que Bartolomé, desde pequeño, encontró su vida relacionada, de alguna forma, con la existencia de América.

También como muchos en ese entonces, comenzó tempranamente a estudiar Teología, Filosofía y Derecho, con el objetivo de ser sacerdote. Y, probablemente, de obtener algún beneficio de su condición clerical. En 1502, a los 27 años, se embarcó hacia La Española (Santo Domingo).

Diez años después, en ese mismo, lugar recibió el orden sagrado. En ese momento pasó a la historia como el “primer sacerdote ordenado en el Nuevo Mundo”, de lo cual se enorgullecía.

Un año después, en 1513, se dirigió a Cuba como capellán de la expedición dedicada a conquistar la isla. Aquí, una vez establecida la dominación española, obtuvo una encomienda. En teoría, la encomienda era la autoridad de cobrar tributo a un grupo definido de indígenas a cambio de garantizarles los medios de subsistencia y protección. La Corona las otorgaba como premio por haber participado en la “pacificación” de los nuevos súbditos. En la práctica, las encomiendas eran el espacio ideal para que los conquistadores cometieran toda clase de abusos con total impunidad.

Hasta acá, Las Casas no tenía nada que lo distinguiera del resto de los conquistadores (tanto clérigos como laicos). Aunque probablemente fuera más benevolente que muchos de sus compatriotas encomenderos, estaba totalmente inserto en el sistema dominante. De hecho, no era un misionero sino un sacerdote de elite.

Pero es en Cuba, desde su rol de capellán y encomendero donde comienza a oír la prédica de misioneros dominicos como Antonio Montesinos que sí se dedicaban a denunciar la gran devastación de la población indígena que había sido generada por la guerra de conquista, la destrucción sin miramientos, las enfermedades europeas y los abusos perpetuados en las encomiendas.

Las Casas, ante tales reclamos, escucha y reflexiona.

Él mismo nos cuenta que hubo un momento clave en su vida.

Cerca de la fiesta de Pentecostés en 1514, estaba preparando el sermón para Misa y buscaba un texto bíblico que lo inspirara. Fue entonces cuando se detuvo en el versículo que dice “ofrecer un sacrificio del fruto de la iniquidad es hacer una ofrenda manchada” (Eclesiástico 34,18). Fue meditando estas palabras como terminó de convencerse de que las acciones practicadas por los españoles sobre los indígenas no solo no eran agradables a Dios, sino que terminaban resultando tiránicas e injustas. Si se quería continuar con la conquista, ésta tendría que cambiar su forma.

Con esta nueva perspectiva, convencido de que un cambio era necesario, comenzó por cambiar él mismo.

Renunció a la encomienda que le había sido otorgada, y a partir de entonces luchó por la abolición de esa institución.

Mientras, en España, se desarrollaba un debate para encontrar los argumentos que justificaran la conquista y la dominación de la Corona sobre el territorio americano. Las Casas participó explicando que la única forma de que la conquista fuese legítima radicaba en la evangelización pacífica.

Para eso, en dos ocasiones (primero en Nicaragua y luego en México, como obispo de Chiapa) intentó llevar adelante un proyecto de evangelización y colonización pacífica, valorando el rol de los jefes indígenas dentro de cada comunidad.

Hasta el final de su vida, buscó hacer eco de sus ideas en la Corona, y que las mismas se concretaran en Leyes Nuevas que reorganizaran las estructuras que se estaban consolidando en el “Nuevo Mundo” de una forma absolutamente negativa para los americanos.

Es valioso encontrar personas que hablan tanto con sus palabras como con las cosas que hicieron. Es valioso porque nos muestran que se puede ser coherente y que con la coherencia de vida se puede dar un mensaje claro y convincente a los que nos rodean.

Las Casas eligió no ser indiferente a lo que había descubierto como verdadero y creyó en eso.

Creyó que a los que tenían el poder para cambiar las cosas podía pasarles lo mismo que le pasó a él. Creyó que podían llegar a entender como él lo entendió cuál era el camino a seguir. Creyó en los hombres. Creyó en nosotros.

Publicado por Gaby


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